18 jun 2010

Equipos de Play Station, opinólogos de Winning eleven



Tengo que hacer una confesión: desde 1996 soy adicto a los juegos de video de fútbol. Un viejo amigo, Cachito Urio, me llevó una tarde a su casa y mi vida cambió: me mostró uno llamado Fifa Soccer Manager, de EA Sports. Me volví loco. Me lo compré con mi primo y dejé horas –meses- de mi vida frente a la compu. Me gustaba que armabas los equipos, las tácticas, las estrategias, comprabas jugadores. Pero, una vez empezado el partido, no podías hacer mucho. No jugabas con un joystick, o con los botones de la compu. Solo mirabas lo que hacía tu equipo. Tu única posibilidad de intervenir era a través de los cambios. Me acuerdo de muchas tardes, un tipo grande, ya, 28 años, escapando del trabajo para encerrarme con Cachito a tomar cerveza a la tarde y jugar un campeonato entero con el Liverpool.
Dirigí a todos los equipos del fútbol inglés (el juego estaba centrado en la Premier) y eso me convirtió, además de un adicto a los juegos, en un “especialista trucho” de fútbol. Lo supe hace poco, cuando compartí un asado en Rosario con Horacio “Petaco” Carbonari. En un momento, el ex zaguero de Central me contó que jugó un par de temporadas en Inglaterra, en el Derby County. Entonces lo sorprendí: le tiré varios nombres que lo mataron. Solís, Stimac, Van der Laan, Asamovic. Al tipo se le abrieron los ojos: eran todos sus compañeros, y yo saqué una especie de chapa de experto. Pero era mentira: jamás vi jugar al Derby. No sé qué cara tienen la mayoría de esos jugadores.
Y algo así como pasa con el Atari, y esos palitos prehistóricos que nos hacen sonrojar al pensar cómo veíamos, alelados, detrás de esas rayitas, cuerpos de tenistas, lo mismo me pasaría hoy si contrastara los gráficos del Fifa Soccer Manager con los de la Play Station. A la que también, por supuesto, me hice adicto, sin hacer caso a mi DNI.
Pero no quiero entrar a polemizar sobre un fenómeno universal que nos permite ingresar a un mundo, a veces, más atrapante que este. Sí quiero decir que uno mismo, sin saber, conoce más de fútbol por haber dirigido en la Play Station a infinidad de jugadores, que por haberlos visto y estudiado en la tele. Y, para colmo, a cada entrega, los gráficos de los juegos mejoran, y ya hay jugadores cuyas reproducciones digitales se mueven, tocan, corren, patean y hasta gesticulan igual que los de carne y hueso (el Cambiasso de la Play, por citar un caso, es increíble: verlo protestar los fallos de los árbitros con el índice de la manito izquierda es algo que todavía me hace reír). Este fenómeno de mímesis, de realidad virtual tan parecida a la realidad, siento, nos lleva a muchos a hablar de fútbol con un vozarrón de autoridad que, creo, tendríamos que revisar. Sí sabemos de fútbol, por haberlo visto y jugado desde hace muchos años. Sabemos porque el fútbol, aquí, está en nuestro ADN. ¿Pero cuánto sabemos en verdad? Yo creo, que a partir de la Play, sabemos –o, al menos, sé- menos de lo que creemos.
Jugamos y nos desvelamos, por ejemplo, con Wright Phillips, del Manchester City. ¿Pero cuántas veces lo vimos jugar en la realidad? Sí lo reconocemos, orgullosos, cuando en el resumen de la fecha de Inglaterra lo vemos hacer un gol. Sabemos que es de color, petiso, atlético, que le pega con la derecha y que juega por las bandas, es un extremo. Pero eso es gracias a la Play y no por seguir la Liga Inglesa (que a mí, particularmente, me aburre). Y así con muchos más. Cracks europeos a los que llegamos, a veces, a divisar en la Champions League, mucho después de haberlos dirigido o enfrentado en el mundo virtual.
Por supuesto, hay especialistas que la re tienen. Pero son los menos.
Esto lo pensé hoy, mientras veía a Inglaterra-Argelia. En varios pasajes de la transmisión, Fabri y Nelson declararon, casi con sorpresa, que aquellos que de verdad vienen viendo jugar a Inglaterra aseguraban que esta era la peor selección en décadas.
Yo miraba los nombres: Ashley Cole, Carragher, Rooney, Gerard, Lampard, Heskey. Tipos con los que jugar en la Play casi no tiene gracia: pasan por arriba de cualquier defensa. O pensemos en Francia: ¡las veces que quise comprar a Ribery al Bayern, y nunca vino a mis clubes! Anelka, Malouda, Henry, Evra. Craks. Figuras mundiales. Estrellas.
¿Qué pasa, muchachos, ídolos de carne y hueso? ¡Millones de euros por patear una pelotita todo el día, y juegan así!, diría el argentino medio, esa especie tan reduccionista y repudiable que pulula por los bares y tablones, y que se aplasta contra el alambrado para gritarle “¡fracasado!” a un Riquelme, a un Ortega.
Igual, no olvidemos que las dos selecciones aún están en carrera. Ahí sí sé de fútbol real: la Francia finalista de 2006 hizo una pésima primera rueda, con un Zidane horrible. Después Zidane tuvo ese repunte falso que tienen los enfermos terminales antes de morir: recuperan por un rato la lozanía, el entusiasmo. Brilló y, de no ser por su pelea con Materazzi, hasta levantaba la copa y el balón de oro. La Argentina del ’90 fue un desastre todo el Mundial. Pero la semifinal con Italia la jugó como para campeón y los dejamos afuera en su propia fiesta.
En fin. No los demos por muertos. Son dos potencias y sus chances están tan intactas como las nuestras.
Y quien te dice, la próxima fecha Rooney, Gerard, Cole, Crouch por un lado, Abidal, Malouda, Ribery por el otro, se despiertan con la flechita roja para arriba, y asumen de una vezpor todas la pilcha de candidatos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario